ITA-CHO

7 de septiembre de 2026

Es la hora de jugar: Deporte, cine y música para construir paz en el Catatumbo

Primero fue el sonido. Un parlante encendido en medio del barrio, una canción que empieza y unos cuantos pasos torpes que buscan el ritmo. Después llegaron los que miraban desde lejos, los que dijeron que no iban a bailar y terminaron bailando.

Así arrancó Es la Hora de Jugar, un proyecto de la Fundación Víctimas del Catatumbo que nació de una idea sencilla y difícil a la vez: que los niños, niñas, adolescentes y jóvenes del barrio tuvieran algo que hacer con su tiempo libre, y que ese algo los juntara.

La idea es sencilla de enunciar y difícil de sostener porque, en el Catatumbo, la oferta de actividades culturales, deportivas y recreativas ha sido durante años una de las carencias más sentidas. En un territorio atravesado por el conflicto armado y la exclusión social, la ausencia de espacios seguros para el encuentro no es un asunto menor: es el vacío que otras dinámicas terminan ocupando. Donde no hay canchas, ni pantallas, ni clases de música, los riesgos de vinculación a la violencia y la ilegalidad crecen, la confianza colectiva se debilita y las nuevas generaciones se quedan sin referentes positivos en su propio entorno. Por eso proponer un espacio para jugar, en un lugar donde la palabra “víctima” antecede tantas historias, no es un gesto menor.

Esto fue posible gracias al Programa de Pequeños Proyectos de la Corporación ITA-CHO. Ese respaldo fue el que permitió que la idea saliera del papel y llegara al barrio, convertido en parlantes, en una pantalla de cine, en clases de música.

Las primeras jornadas fueron de bailoterapia. Ejercicios rítmicos, movimiento, cuerpos que se sueltan. Un grupo de jóvenes riéndose de sí mismos mientras intentan seguir una coreografía, y al final de la tarde el cansancio bueno de haber hecho algo con el cuerpo y con los demás.

Después vino Cine al Barrio: una pantalla instalada donde normalmente no hay nada, sillas improvisadas, vecinos que se acercan porque está pasando algo distinto. Las proyecciones lograron lo que ninguna actividad individual consigue: sacar a la comunidad de las casas y ponerla a compartir una experiencia. No solo participaron los niños y jóvenes inscritos, sino también sus familias y sus vecinos, que encontraron en esas noches una razón para volver a ocupar juntos el espacio público.

Más adelante llegó la formación musical y pedagógica, y el tono cambió. Ya no se trataba solo de pasarla bien, sino de aprender con constancia: ritmo, coordinación, escucha, práctica instrumental. La música exige lo que estos jóvenes no siempre encuentran alrededor: disciplina, paciencia, la obligación de escuchar al otro para no desafinar, y por eso funciona tan bien como herramienta pedagógica. En paralelo se trabajaron convivencia, respeto y construcción de paz, no como una charla aparte sino atravesando la práctica: en un ensamble, la paz se parece mucho a esperar el turno de entrada.

Detrás de cada jornada hubo una convicción que atraviesa todo el proyecto: el juego, la recreación y la cultura no son un premio ni un adorno, sino derechos que deben garantizarse, con mayor razón, en los territorios golpeados por el conflicto. Bajo esa idea, cada tarde de baile, de cine o de música fue también un ejercicio de transformación de las narrativas asociadas a la violencia y un aporte a la construcción de entornos protectores para la niñez y la juventud.

La Fundación Víctimas del Catatumbo sostuvo este proceso con el tiempo y el conocimiento de su equipo, la disposición de los espacios, el trabajo lento de la convocatoria (tocar puertas, hablar con las familias, convencer a un adolescente de que vale la pena estar) y el acompañamiento permanente durante todo el proceso.

Para los participantes, el descubrimiento de que su tiempo también puede llenarse de otra cosa: un niño que aprendió a marcar un ritmo sabe algo nuevo sobre sí mismo, que es capaz de sostener una disciplina, que su presencia hace falta en el grupo, que hay algo suyo que puede crecer. No es poco en una región donde a los jóvenes se les suelen ofrecer pocos futuros.

Y para el territorio, cada jornada fue una pequeña recuperación del tejido social. Una esquina que vuelve a ser lugar de encuentro. Un parque donde suena música en vez de silencio. Vecinos que se reconocen frente a una pantalla. El Catatumbo carga una historia que no se borra con una bailoterapia, pero la paz territorial también se construye así: en los ratos donde la gente decide volver a juntarse.

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